La fotoperiodista andorrana Salomé Escribà repasa los hitos de su carrera y sus dilemas éticos
Desde capturar las protestas de 1991 y el funeral del obispo hasta rechazar demandas de imágenes gráficas de fallecidos, reflexiona sobre décadas documentando la historia andorrana mientras equilibraba trabajo y vida familiar como madre soltera.
Claves
- Entró en el fotoperiodismo a los 22 años acercándose con audacia al editor de Diari d'Andorra con retratos de aldeanos.
- Cubrió las protestas por la disolución del Consell General en 1991 y la impactante fotografía del cuerpo y funeral del copríncipe Joan Martí Alanis.
- Rechazó la presión ética para una imagen gráfica de una víctima mortal en el derrumbe del túnel de Dos Valires.
- Lamenta perderse los actos de la Constitución de 1993; ahora realiza proyectos artísticos introspectivos en Taús.
Salomé Escribà, fotoperiodista veterana de Andorra, ha relatado algunos de los momentos más conmovedores de su carrera de décadas durante una reciente mesa redonda sobre mujeres y fotografía en la sala de exposiciones del Gobierno.
Escribà, originaria del pueblo de montaña de Taús, entró en el mundo del fotoperiodismo a los 22 años tras estudiar en La Massana. Sin experiencia formal en la profesión, se presentó sin avisar un verano ante el editor gráfico de *Diari d'Andorra* con una carpeta roja de retratos que había hecho a aldeanos locales. Su determinación le valió una oportunidad que lanzó una carrera dedicada a capturar episodios clave de la historia andorrana.
Uno de los recuerdos imborrables llegó en enero de 1991, cuando documentó la euforia ciudadana por la aut disolución del Consell General en medio de protestas masivas que llenaron la plaza de Casa de la Vall. Como fotógrafa oficial de los copríncipes, también cubrió la muerte de Joan Martí Alanis. Le pidieron fotografiar su cadáver, una solicitud que le pareció impactante e inmoral sin consentimiento. El funeral trajo el momento más triste de su carrera: ver al anciano Òscar Ribas derrumbarse en lágrimas junto al ataúd. «Fue profundamente conmovedor ver a dos figuras tan pivotales y poderosas tan vulnerables en un instante íntimo», recordó, evocando una gran ternura y empatía. «Al final, todos somos humanos».
Escribà nunca se sintió discriminada como mujer en la profesión, pero resaltó los retos del equilibrio entre trabajo y vida personal, sobre todo como madre soltera. Una vez corrió a cubrir un accidente de tráfico con su hijo de siete años a cuestas, aliviada de que no hubiera víctimas mortales.
Asignaciones más oscuras pusieron a prueba sus límites. Al cubrir el derrumbe del túnel de Dos Valires, sufrió la presión de una agencia para entregar una imagen gráfica de una víctima mortal —con términos burdos—, que juzgó moralmente reprobable. Aunque el Gobierno controló estrictamente la cobertura, la experiencia subrayó la cuerda floja ética del fotoperiodismo, entre un acceso único y demandas deshumanizadoras.
Lamenta haberse perdido el referéndum y la firma de la Constitución de Andorra en 1993. Ahora de vuelta en Taús, Escribà se ha volcado en proyectos introspectivos que combinan narrativa e ilustración.
Fuentes originales
Este articulo se agrego a partir de las siguientes fuentes en catalan: