Albert Pintat: el principled exlíder de Andorra reflexiona sobre raíces y resiliencia
El antiguo jefe de Gobierno andorrano Albert Pintat comparte su trayectoria desde el café familiar hasta la diplomacia, atribuyendo el trabajo duro y los valores al desarrollo de la nación.
Claves
- Creció en el café-hotel familiar de Sant Julià de Lòria; educado en Cataluña, Suiza y Oxford.
- Cofundó el grupo Anthropos para conferencias culturales; roles clave en diplomacia y negocios familiares.
- Como jefe de Gobierno, navegó la crisis de 2008 con presiones de Sarkozy mientras formalizaba el Concordato con Roma.
- Optimista retirado: defiende el crecimiento impulsado por el esfuerzo, la familia, pero nota cambios demográficos.
Albert Pintat, jefe de Gobierno de Andorra de 2005 a 2009, encarna el arquetipo del caballero local principled: alto, de ojos azules y con un aire refinado que evoca a un lord británico, ya sea con atuendo formal o ropa de campo casual.
A pesar de sus experiencias mundanas, Pintat sigue profundamente arraigado en Sant Julià de Lòria, su parroquia natal, donde se relaciona con facilidad con los vecinos. Accesible, pragmático y emprendedor, defiende el trabajo duro y el esfuerzo como base del crecimiento de Andorra. «Andorra se ha construido con sudor», afirma, atribuyendo tanto a locales como a inmigrantes el desarrollo del país mediante la diligencia y el ahorro.
Su infancia transcurrió en el Cafè-Hotel Principal, regentado por la familia en la Plaça Major de Sant Julià, un centro para café, cine y servicios de peluquería gestionado por sus padres y tíos, con la abuela Teresa en la cocina. Recibió su primera educación de las Hermanas de la Sagrada Família, asistió a clases diarias en francés y español, y estudió catecismo con el padre Jaume Argelagós, quien le inculcó valores cristianos y morales universales.
El internado en la escuela Escolapis de Sarrià resultó desafiante al principio —lloraba por la libertad perdida—, pero se adaptó rápidamente, una mentalidad que le ha guiado desde entonces. Estudió en la Universidad de Friburgo, en Suiza, una institución católica pero moderna que admira por su estructura democrática, federalista, multilingüe, y por el respeto a las personas, la naturaleza y la ley, cualidades que cree que Andorra debería emular. Más tarde sirvió allí como embajador. Un año en Oxford perfeccionó su inglés.
En los años 60, en medio del fermento global de los Beatles, Brel y Brassens, Pintat cofundó el grupo Anthropos con pares como Antoni Ubach, Prat de la Riba, Arena, Jordi Marquet y Marta Vila. Inspirados por pensadores anteriores como Marc Vila, Eduard Rossell y Bonaventura Adellach, organizaron conferencias de alto nivel en el teatro Sant Ermengol —al estilo de los cursos culturales del monseñor Antoni Griera—, con permiso del Consell General. Estos esfuerzos coincidieron con impulsos modernizadores, como la creación del sistema de seguridad social CASS y la autoridad fiscal STA, promovidos por su padre, Antoni Pintat.
Pintat trabajó en los negocios familiares mientras ocupaba cargos clave: cónsul menor de Sant Julià en 1982, gestionando inundaciones junto al cónsul mayor Joan Pujal; secretario personal de su tío Josep «Pepe» Pintat durante su presidencia, contribuyendo al acuerdo aduanero pivotal que impulsó cuatro décadas de crecimiento; miembro del Consell General; embajador en Benelux, Reino Unido, Irlanda y Suiza; y ministro de Exteriores con Marc Forné.
Como jefe de Gobierno, su mandato vio la formalización del Concordato con Roma que consolidó el rol del copríncipe episcopal, pero también intensas presiones de Nicolas Sarkozy en medio de la crisis financiera global de 2008, con amenazas a la coprincipado. «Enfrenté presiones muy fuertes desde todas partes, de fuera y de dentro. No se lo puede imaginar», recuerda, aunque señala que Jacques Chirac ofreció un trato favorable al principio.
Ahora retirado de la política de primera línea, Pintat prioriza la familia, mostrando con orgullo fotos de sus nueve nietos. «Al ver esto, ¿cómo no voy a ser optimista?», pregunta, vinculando su alegría personal al futuro de Andorra. Ve al país como afortunado pero frágil, expresando sentimientos encontrados sobre los altos edificios y los cambios demográficos: «Antes, conocía a seis de cada diez personas en la calle y charlaba con cuatro; ahora conozco a cuatro y quizás hablo con uno». Optimista conservador, respeta el pasado mientras mira al mañana.
Fuentes originales
Este articulo se agrego a partir de las siguientes fuentes en catalan: